Cachondeo

cachondeo


Cachondeo puro y duro el que se vivió aquel martes en el barrio. El sol ya estaba cayendo y la mayoría de los chiquillos emprendían el camino de vuelta a casa desde la antigua estación de trenes abandonada.  Habían escogido aquel lugar como centro de diversión del verano, y se tiraban las horas muertas correteando por allí. La cena esperaba, y después de toda una tarde de juegos, aquella cita era ineludible -las tripas comenzaban a rugir-.

De repente…, un chiflido y se hizo el silencio. Todos quietos, inmóviles. Nico, el más pequeño de todo el grupo -no llegaría a los doce años- , y que abría la expedición de regreso, había realizado un descubrimiento.

– Whis…..key…. ¡Whiskey! -leyó con dificultad-

Y todos se aremolinaron en torno a la botella que sostenía ya, entre las manos, a la par que le azuzaban para que la probara, poniendo en tela de juicio su valentía.

Nico, ni corto ni perezoso, empinó la botella, tragándose el culín abundante que quedaba de aquel líquido amarillento, mientras el resto de la chavalería emitía gruñidos parecidos a los de las hienas y que se entremezclaban con unas risotadas y carcajadas que subieron de nivel cuando, al cabo de unos minutos, el pequeño se desplomaba de espaldas, como abatido por un francotirador. La algarabía en ese instante, fue suprema.

Pasarían muchos años antes de que volviera a probar, de nuevo,  aquella bebida, pero nadie le podría acusar de haber sido un cobarde.

 

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