La muerte precipitada de Wendy Prince

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La muerte precipitada de Wendy Prince

Wendy había dejado la ventana abierta de par en par, aunque la escasa brisa que se levantaba afuera se hacía la remolona y no quería deslizarse hacia el interior de la vivienda. Era una noche de verano, de esas en las que el calor se convierte en un desagradable compañero de habitación, que no te permite pegar ojo.

Una y mil vueltas entre las sábanas de satén que acabaron por agrandar el ansia de alcanzar un sueño reparador, y a la vez, elevaron el nerviosismo ante el imparable tic tac del reloj. La noche se esfumaba. En un par de horas cogía un vuelo para acudir a un Congreso científico sobre arqueología en Egipto y llegaría derrotada. Odiaba asistir a aquel tipo de eventos sin poseer el pleno de sus facultades mentales, pero últimamente le costaba una eternidad conciliar el sueño en condiciones. Y las escasas horas en las que lo conseguía, sus sueños no eran dulces precisamente, sino que estaban llenos de pesadillas variopintas que mellaban  su cabeza y que habían conseguido que desarrollara una especie de terror nocturno. Tenía fobia a meterse en la cama.

Serían las tres de la madrugada cuando Siro, su gato, apareció en el alfeizar de la ventana y acomodándose, comenzó a lamerse la pata derecha con profusión mientras miraba detenidamente hacia el interior de la estancia. Cuando posó sus ojos en el butacón, donde su dueña había dejado la ropa preparada para el día siguiente, se encogió bajando su cabeza en posición de ataque y bufó levemente. Acto seguido, se dio media vuelta y continuó con su tarea.

Ya no había ruido en la calle. Eran escasos los coches que circulaban durante aquellas horas y el bar de abajo también había cerrado. La ciudad descansaba. Wendy había conseguido, por fin, alcanzar los mundos de Morfeo. Todo estaba en silencio hasta que emitió un grito que rompió la paz, de tal manera, que el michino, a punto estuvo de acabar cornisa abajo debido al susto. Esta vez el sueño apenas había durado media hora y no había sido, ni mucho menos, reparador.

Buscó rápidamente, en la mesilla de noche, el interruptor de la lámpara,  y al encenderla, lo primero que hizo fue comprobar si había alguien más en la habitación. Luego pegó un gran y largo trago de agua, de esos que parecen no terminar nunca. Había vuelto a soñar con el mismo extraño hombre que vestía de negro y que de alto que era, la intimidaba  tanto, que incluso la costaba respirar con dificultad cuando lo tenía enfrente. Se la disparaban las pulsaciones y rompía a sudar de puro pánico en cuanto le miraba. Sin duda, tenía la certeza de que, aquella expresión no conllevaba nada bueno; aunque lo que más la inquietaba era el absoluto y estricto silencio que predominaba en  aquellos encuentros oníricos.

Silencio perpetuo hasta esa noche,  en la que aquella afilada y negruzca figura la susurró al oído:

– Wendy, es hora de que me acompañes…

Y aquellas palabras repiqueteaban en su cabeza de forma sistemática, incapaz de olvidarlas, incapaz de enterrarlas. Abrió el cajón de la mesilla y tras comprobar que sus manos parecían maracas, de lo que temblaban, sacó un par de somníferos que se metió a la boca – sin pensarlo-, con otro enorme trago de agua. No era partidaria de tomar medicamentos para dormir pero estaba atacada de los nervios y la ocasión lo requería. Después, antes de apagar la luz, Siro se acomodó junto a ella, convirtiéndose en algo parecido a un ovillo.

Tras pasar el resto de la noche en tranquilidad y tener un vuelo plácido hasta Egipto, a la mañana siguiente, todo había quedado en el recuerdo como un mal sueño del que tan sólo quedaban algunas reminiscencias como el amargor de boca provocado por las pastillas y un dolor punzante a la altura del hombro izquierdo,  que Wendy achacaba  a una pésima almohada que tenía que cambiar no tardando.

El camino hasta Tebas, que era la ciudad elegida para celebrar el Congreso, se hizo excesivamente corto, debido, probablemente, a que estaba muy centrada en revisar toda la documentación que la habían dado antes de subir a aquel destartalado autobús en el que el aire acondicionado no existía ni por asomo. El ambiente estaba muy cargado. Era cuanto menos asfixiante.

Mientras leía el orden y el horario del primer día, y cuando faltaban escasos kilómetros para llegar al destino,  notó como se le  clavaban unos ojos en la nuca. Esa sensación de estar siendo observada por alguien  se hizo mayor con el paso de los minutos y aunque intentó pensar en otra cosa, acabó por volverse con disimulo. Ese fue el instante en el que su mirada se cruzó con la de un hombre sexagenario que portaba un sombrero negro, camisa y pantalones de lino, y que no parpadeaba de lo fuerte que la estaba mirando. Parecía una estatua de mármol, de no haber sido por una leve mueca que la brindó, a modo de sonrisa forzada.

Wendy rompió a sudar a la par que volvió a girar la cabeza hacia delante rápidamente. Cerró los ojos y apretó los párpados, al tiempo que se agarraba las manos muy fuerte en un intento desesperado de que aquella visión no fuera real. Recordaba aquella mirada perfectamente, pero en aquel momento no estaba soñando. Aquello era la vida real.

El autobús paró, de un frenazo brusco, justo delante del Centro de Interpretación de Arte Egipcio, que era el lugar donde se desarrollaba el Congreso. Wendy bajó apresuradamente del vehículo y aún más aceleradamente se metió en el interior del edificio. En un par de ocasiones, en las que echó la vista atrás, pudo comprobar como el anciano la seguía a un ritmo inusitado para su edad, cosa que no llegaba a comprender. Recogió su acreditación y aumentó el paso para llegar al auditorio cuanto antes, que estaba en el quinto piso, y confundirse entre la gente. Decidió coger el ascensor. Cuando se cerraban las puertas vio como por fin dejaba atrás a aquel siniestro hombre que no paraba de perseguirla.

En el electrónico del ascensor se marcó el primer piso, luego el segundo y al llegar al tercero…se detuvo, se abrieron las puertas y el hombre que la estaba persiguiendo entró de forma pausada, tranquila, sin hacer ningún tipo de aspaviento. No comprendía como lo había hecho, pero allí estaba junto a ella.

Wendy comenzó a llorar de forma nerviosa. Apenas podía respirar. Sentía una presión enorme en el pecho, como si le fuera a estallar y el calor aumentó de forma súbita. El panel electrónico del elevador marcó el cuarto piso y fue entonces cuando el hombre se dio la vuelta y con voz ronca la dijo:

– ¡Wendy Prince! ¡Que irónico encontrarte en Tebas! Yo que te había pospuesto en mi lista hasta que volvieras de viaje…¡Como os empeñáis los vivos en ponérmelo fácil!

Wendy cayó desplomada en el suelo desvencijado del ascensor. Su corazón se detuvo justo en el momento en el que la Muerte había pronunciado la última palabra, antes de esfumarse -como vapor gaseoso y por arte de magia-  atravesando, de forma incierta, el denso metal de la puerta.

9 thoughts on “La muerte precipitada de Wendy Prince

    1. Gracias por tus palabras plumayluz.

      La verdad es que esa era la intención…, me alegra haberla conseguido en cierto modo.

      Saludos y de nuevo, gracias por leer!!!

    1. Muchas gracias por tus palabras Gustavo!

      La verdad es que es el relato, de los que tengo colgados en el blog, que más me gusta sin ningún género de dudas….

      Un saludo!!!!

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