Nada es lo que parece

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Al filo del mediodía, la plaza estaba encharcada y el cielo no amenazaba tregua. Era como si los adoquines supuraran agua, al modo de géiseres, mientras la luz tenue, de unas nubes negruzcas, había vuelto a cubrir el pueblo por completo. Tenía toda la pinta de seguir lloviendo durante todo aquel domingo, al igual que había sucedido en la mayoría de los días del último mes. En la calle sólo se divisaban unos pocos paraguas y a la señora Antonia que arrastraba a su hijo Lolo que aquel día iba a hacer su debut como monaguillo, y para que negarlo, estaba hecho un verdadero flan. Y si el niño estaba nervioso, la madre más, ya que a pesar de que su gozo – el cual cabía a dura penas en el apretado vestido floral que había elegido para la ocasión – sabía lo difícil que había sido reconducir, por el camino del Señor, a aquel pequeño cabroncete que no paraba de meterse en líos.

Como siempre la madre tirando del niño, pensó, al cruzarse con ellos, la señora Aurora, que hacía poco que había enviudado y que la había llevado a declarar un estado de excepción con Dios, mientras les seguía con la mirada y veía como al pequeño se le desmoronaba el peinado perfecto, con la raya a un lado, que su progenitora le había plantado con tanto mimo; como el paraguas de la madre estaba a punto de volar debido a unos remolinos de viento creciente y, como la bolsa que llevaba el pequeño Lolo en la mano daba más bandazos, debido a las prisas, que una de esas modernas atracciones que revolvían las tripas de los jovenzuelos en las fiestas de agosto.

– ¡Vamos Lolo! Así no llegaremos a la casa del señor Fermín…¡Y hay que llevarle esas pastas que el cura nos dio para él!

– ¡No quiero ir! ¡Ese viejo está loco!

– ¡Te voy a lavar la boca con lejía! ¡No rechistes y anda de una vez, que no llegaremos a la Iglesia a tiempo!

Y al pequeño no se le quitaba la imagen de la cabeza que veía todas las mañanas de camino al colegio y en la que el señor Fermín era el triste protagonista. No fallaba un día en el que al encarar la calle en la que vivía el anciano, no le viera en el balcón acristalado, en calzoncillos, frotándose las manos con ansia y mirando de un lado a otro de la calle de forma nerviosa. Da igual que hubiera mucha concurrencia o poca, daba lo mismo que hiciera frío o un sol de justicia.

Cuando llegaron al portal, Lolo se fijó en lo viejo que estaba todo. El portero automático era de los primeros que se instalaron y había vivido tiempos mejores. Una vez dentro, un par de sofás de piel simulada, que mostraban dos ronchones en el respaldo, probablemente producidos por el uso indecente. Y el suelo, de piedra conglomerada en tonos grises y un papel pintado de color marrón en las paredes, con manchas más oscuras, que transmitía una sensación de dejadez completa en cuanto a la limpieza.

Nada más terminar de subir hasta el tercero, la hermana de Fermín ya había abierto la puerta del piso y Lolo, incesante con la mirada, buscaba algún rastro del anciano. A medio camino entre expectante, curioso y un poco miedoso quería dar con él, para ver como se comportaba.

– ¡Ay pequeño Lolo! ¡Cómo has crecido! Estás más guapo…- dijo nada más verlo.

– ¿Qué se dice hijo? – dijo la madre.

-¿Dónde está el Fermín? ¿Está en la terraza en calzones? – saltó el chaval ni corto ni perezoso, al tiempo que recibía una colleja de su madre, por otro lado, bien merecida.

– No le pegues mujer…, ¡es normal que tenga curiosidad!- intervino la hermana del anciano – Lolo, mi hermano Fermín no está bien de la chola. Es incapaz de recordar incluso lo que hizo ayer. Sus pensamientos se le escaparon hace años cuando murió Marta, su mujer. ¿La recuerdas? Igual eras muy pequeño… Quedó muy traumatizado y su mente ha preferido esconder que sentir… ¿Me comprendes? Bueno, pues diremos que desde entonces, todas las mañanas, nada más levantarse, sale a la ventana a esperarla a que regrese de la compra…, y como no la ve…, pues se inquieta y se desespera.¡A veces coge buen berrinche no creas! Cuando seas un poco más grande lo comprenderás mejor…

Lolo reflexionó por un instante y acto seguido agachó la mirada hacia el suelo, enrojecido y avergonzado, y dejó de intentar encontrar al anciano para burlarse de él. No le hacía falta ser mayor para comprender aquellas palabras.

6 thoughts on “Nada es lo que parece

    1. Muchas gracias por tus palabras Ninfadenoche.

      Es cierto que la tragedia también puede ser bella, o por lo menos removernos por dentro sentimientos positivos.

      Saludos!!!

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