A las 4 en el Berlín

reencuentro


El sol que entraba por la ventana, me iba despertando de forma lenta y mimosa. De repente el teléfono sonó y me lancé de la cama para llegar a cogerlo.

– ¿Sí? – pregunté con mi voz castigada por el tabaco.

– ¡No me digas que no te acuerdas de mí! – dijo una voz dulce al otro lado del auricular.

– ¿Sara? – contesté de forma sorprendida.

– ¡Enhorabuena chaval! Seguro que te acabas de levantar – dijo Sara.

– La verdad es que sí. Bueno, ¿qué quieres? – la pregunté.

– Te llamaba para haber si podíamos quedar esta tarde. Tengo que hablar contigo de algo muy importante – dijo Sara con ese tono que ponía cuando quería algo.

– ¿A las cuatro en el Café Berlín? – dije extrañado.

– Me viene bien. Pues allí nos vemos. Un beso guapo – dijo segundos antes de colgar.

La llamada me había desconcertado. No se si porque aún estaba somnoliento o por que en realidad no la esperaba para nada. Estaba intrigado por lo que me tenía que contar. Pero también tenía miedo de que Sara despertara en mí lo que había despertado años atrás.

Nos conocíamos desde que íbamos juntos al colegio y en la adolescencia me empezó a gustar mucho. Jamás la dije nada referente a mis sentimientos. Quizás por timidez o por miedo al rechazo, acabé convirtiéndome en un amigo, su mejor amigo. ¡También es una forma de amor!

Me duche, desayuné y fui a la oficina a trabajar. Durante el día estuve alegre a raudales. La emoción de volverla a ver me desbordaba. El corazón me latía de forma rápida y mi mente estaba lejana, descentrada del arduo trabajo. Estaba cada dos por tres mirando el reloj, adelantando minutos con la vista. Necesitaba que llegaran las cuatro de la tarde cuanto antes.

Cuando termine de ordenar los archivos en el trabajo, cogí el coche y con más velocidad de la habitual, llegué a casa a comer. Cuando cogí el tenedor para meterme en la boca el primer trozo de filete, noté que el pulso me temblaba. Estaba cada vez más nervioso por el encuentro son Sara. En ese instante, mi cabeza me devolvió al pasado y me recordó que debía decirla lo que llevaba tantos años sintiendo. Lo que creía que estaba oculto en el fondo de mis pensamientos, estaba aflorando con la velocidad de una cascada que arrasa todo a su paso.

Desde las dos a las cuatro, me pareció que el tiempo se había parado. Bajé las escaleras de casa y para calmarme fui hasta el Café Berlín andando. El método de relajación no funcionó y cuando entorné la puerta del bar, el corazón se me salía de lo rápido que iba. Me acerqué a la barra y pedí un batido de cacao. Un taburete me sirvió como apoyó en la espera. Cuando estaba a punto de acabarme el refrigerio, Sara me dio dos golpecitos en el hombro y yo me giré. La verdad es que me sentí feliz de que hiciera eso porque era nuestro saludo de cuando éramos más jóvenes. Me emocioné al tenerla allí, tan cerca, otra vez.

– ¡Hola guapa! ¿Qué tal estás? – la dije mientras la daba los dos besos de rigor.

– Bien, oye si quieres subimos a la planta de arriba que estaremos más a gusto – dijo con aquella angelical voz.

– Vale – dije mientras pedía otro batido y una fanta naranja.

Subimos las escaleras. Ella delante y yo detrás. Me daban unas ganas tremendas de abrazarla, de sentirla entre mis brazos. Pero desistí de la idea cuando su móvil se cayó al suelo y ella se giró a recogerlo.

Una vez sentados, me fijé en sus ojos. Estaban tan bonitos como siempre. Llenos de vida y vivarachos como nunca. Desde siempre había sido incapaz de mirarla directamente a los ojos, pero aquel día lo hice. La felicidad me embargó por dentro ya que había sido capaz de derribar una minúscula barrera entre ella y yo.

– Carlos, creo que si ahora nos vemos poco, menos nos vamos a ver dentro de un mes – dijo con la voz entrecortada.

– ¿Y eso? – pregunté.

– Me voy a Grecia un año. La empresa central me reclama allí como directora ejecutiva – dijo Sara.

Aquellas palabras me derrumbaron por dentro. De forma súbita olvidé y borré de mi cabeza la idea de decirla cuánto la quería. El corazón volcó en la cuneta. Ni que decir que asumí la situación, que volví a guardar lo que sentía en lo más profundo de mi alma. Poco tardaría en aparecer de nuevo. Aquella noche, cuando estaba en mi casa, en mi habitación, me reprendí a mi mismo por ser tan cobarde, tan tímido. La culpabilidad de no haberla confesado mis sentimientos me recomía por dentro. Estaba triste y desangelado. Incluso creo que derrame alguna lágrima. Me sentí hundido y abochornado por ser incapaz de luchar por lo que quería. Aún sigo con esa extraña sensación.

9 thoughts on “A las 4 en el Berlín

  1. ¡Muy buena esta narración…! Aunque te parezca extraño, me pareció un enorme espejo en el que todos, o muchos, nos reconocemos al mirarnos… ¿Será que vivimos situaciones parecidas…? Seguramente…

    Un abrazo.

  2. Gracias por vuestras palabras chicas, siempre es un placer leeros. La verdad es que este relato lo escribí hace bastantes años, es uno de esos recuperados del fondo del cajón…lo encontré y le quise dar un homenaje publicándolo aquí…Creo que es algo universal, el amor no contado, callado, guardado hasta la saciedad…

    Saludos y abrazos!!!!

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