Asesinato en el Luxor (I)

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[Debido a que comienza la época estival y a que todo el mundo está un poco más relajado, creo conveniente relajar un poco también la actividad del blog, aunque no quiero colgar a los lectores del mismo, por lo que vais a ser participes de la creación de mi próxima novela que no se si llevará este título, o luego lo cambiaré. Irá dividida en una entrega semanal, y…espero que os guste, y al mismo tiempo perdón por las molestias. PD: En este momento se buscan comentarios críticos, ácidos y sinceros. ¡Gracias!]



La pulcritud es fantástica. La limpieza al límite merece un capítulo importante dentro de mi vida, ya que  no puedo concebir estar un minuto sucio, o ser participe de la suciedad de otros – a modo de cómplice que parece no enterarse de nada -.

 Hace unos años tuve que ir al psicoanalista porque mis padres se asustaron por mis continuas manías, sobre todo, con los olores.  Creo que no pase de la tercera sesión. Consideré que aquella alegre muchacha, que acababa de salir de la universidad, bastante tenía con arreglar su penosa vida. Era muy poco agraciada, tenía un ligero deje que la llevaba a un tímido tartamudeo, y solía parar la terapia para discutir por el móvil – supongo – con su novio.

Odio a la gente que tiene encima ese olor pestilente a sudor ácido y que parece, no tener el olfato desarrollado, para comprender que al resto de los mortales, ese tufo nos provoca arcadas. Ni hablemos en este capítulo sobre el olor a pies. Es totalmente insoportable y vomitivo. Hay personas a las que se los tendrían que cortar o por lo menos sellarles las glándulas sudoríparas para que no supuraran ese hedor  nunca más.

No tengo mascotas porque creo que manchan más que acompañan, y aunque no se me caen los anillos a la hora de limpiar, no quiero ponerme de los nervios al encontrarme con restos animales. Los perros y los gatos dejan pelos y cargan el aire puro. Los peces desarrollan en la pecera – o recipiente infrautilizado que encontramos por casa-  un olor parecido al de los huevos podridos, y los pájaros, dejan desperdigadas debajo de la jaula un montón de cáscaras de salvado. Todos acaban por mearse, cagarse y vomitar en algún momento…, y eso no me gusta nada. No digo que no puedan hacerlo, que para eso son seres vivos, pero no a mi lado. No interfiriendo en el aire que respiro.

Aunque lo que no soporto, de las ningunas de las maneras, es el olor cargante que permanece en las sábanas de la cama, en la habitación, después de practicar sexo. Es un olor que tiene un poco de todo. Es la mezcla de los fluidos de los practicantes, aderezado con gemidos, sudor del que cae y se desliza a chorro, mordiscos, susurros, miradas inquietas y vivas, besos, ternura, fricción, celeridad, pausas, caricias, goma quemada – si se usan preservativos – , y en algunos casos – no es el mío, o por lo menos aquel día no lo fue… – perversiones.

Y la situación se complica si las escenas amorosas se desarrollan en un hotel. He sido capaz de llamar al servicio, a horas intempestivas,  para que limpien, o por lo menos le peguen una pasadita a la cama, antes de retomar la calma y caer en las redes del  mundo onírico, agotado por el esfuerzo, pese a mi juventud. Eso si, previo pago de un suplemento, ya que todos los servicios deben abonarse en los lugares en los que me alojo. No soy de sitios cutres o baratos  – para que negarlo, mi familia tiene dinero y el gastarlo no me supone ningún problema-.

Pero hará un mes, no sucedió nada de esto. Todo se desarrolló deprisa y corriendo, con un final que jamás hubiera imaginado y que desde entonces me ha dejado trastocado y con unas tembladeras de piernas, de esas que no tienen remedio durante algún tiempo. Pero empecemos por el principio, ya que comienzo a desvariar y puedo acabar contándoles cualquier tontería que se me cruce por la cabeza.

Digamos que mi nombre, para ustedes,  es James Howard. De los Howard de la zona norte de Londres de toda la vida.  Soy estudiante de Historia Antigua en la Imperial College, reputada institución que lleva siglos colmando las inquietudes de sus alumnos y en la que, últimamente, abundan los cabrones y la mala calaña de todo tipo. Este año he terminado tercero con unas notas aceptables y como recompensa me propuse hacer un viaje a Egipto – tengo que admitir que si mis notas hubieran sido peores, la recompensa habría sido la misma -. Elegí el Hotel Luxor, junto al Nilo, para hospedarme con mi pareja, Steeve Lodge. Últimamente le necesitaba continuamente a mi lado, era incapaz de separarme de él. Se había convertido en una protección, sobre todo anímica, que calmaba mi ansiedad en las situaciones difíciles mediante tonadillas repetitivas – en ocasiones – pero que a mí me hacían levantar la moral.

Antes de continuar, y para que no se pierdan…, si, soy homosexual. Aunque, como a mis compañeros de clase, les permito que usen otros adjetivos para designar a las relaciones entre dos personas del mismo sexo, ya sean peyorativas, de gracia fácil o inventadas con clara intención de hacer mofa o burla.

Les decía que había elegido el Luxor como hospedaje, y sólo había tenido en cuenta para ello el que estuviera al lado del Gran Río. Quería comprobar de primera mano esa mística que se le atribuye a esas aguas que han visto el nacimiento, desarrollo y ocaso de una de las grandes – para mí la mayor – civilizaciones que han existido. Necesitaba dormirme todas las noches – al menos las tres primeras- mirando, desde la habitación, ese remanso de vida y muerte a la vez, ese reguero que tanta historia acumulaba en sus espaldas, ese sinfín de agua que había acogido tantos deseos y que tantos secretos guardaba aún en su interior. Les recomiendo con ahínco, que si vienen por estas tierras, dediquen un rato antes de dormir, a mirar ese marasmo inunda tierras en una noche cálida de verano en la que el cielo esté despejado. Su simbiosis con la luna es, cuanto menos, mágica.

El mobiliario de la habitación, sin embargo, no hacía justicia ni a los enclenques reyes de las últimas dinastías cuando todo empezaba a desmoronarse por estos lares. Pasado de fecha y caduco podrían ser dos rasgos que les acercaran mínimamente a lo que pude percibir. Aquellas estancias habían vivido tiempos mejores, sin ningún género de dudas, aunque tampoco esperaba más de un hotel destinado íntegramente al turismo extranjero. Y está claro que a Egipto vas  a conocer cosas, a que se te pongan los pelos como escarpias al encontrarte, cara a cara, con el magnánimo pasado de los faraones…, no a disfrutar de una moqueta excelentemente limpia, de un escritorio que apoye sus cuatros patas en el suelo, o de una cama que no chille cuando practicas el saludable juego del  amor.

No tardé mucho en comprobar esto último. Creo que apenas pasaron dos horas desde que llegamos a El Cairo, nos trasladaron al hotel y probamos, con toda la pasión que nos caracterizaba, aquellas sábanas que estaban un poco deslucidas por el extremo uso, antes de bajar al restaurante a comer. Previa ducha de por medio y llamada al servicio para que cambiaran las sudadas sábanas por unas nuevas, por supuesto.

La última vez que yací con Steeve no hubo tiempo para nada de aquello. El pobre había quedado exhausto. Tanto, que no me estaba dando la tabarra con eso de que nos ducháramos juntos. ¿Para qué si no lo vamos a volver a hacer? – pensaba cada vez que me lo proponía. Soy de los que piensa que es molesto debido a lo reducido de las duchas de hoy en día. Casi anti higiénico por aquello de estar en contacto con la suciedad que suelta la otra persona. Sólo hay una cosa que, a mi entender, lo supere, y es el bañarse en una de esas bañeras largas de estilo victoriano. Es una perfecta imitación de lo que hacen los cerdos en las cochiqueras cuando se restriegan contra su propia mierda, una guarrada en toda regla. Estás ahí, a remojo, soltando jabón sucio y permanentemente en contacto con tu piel. Para eso no pierdas el tiempo ni malgastes agua…, no merece la pena. Seguirás igual –o más – de sucio que antes de comenzar.

Me estaba embadurnando a conciencia con el jabón mientras oía los ronquidos de Steeve. Me encanta hacer un montón de espuma al limpiarme y frotarme a conciencia. Ojala pudiera decir lo mismo de mi pelo. Cada vez escasea más, cada vez es más fino y ya no proporciona la misma cantidad de burbujas que antes. Muchas veces pienso porque lo estoy perdiendo,  y sólo lo achaco al estrés, ya que llevo una vida bastante sana.  Ni fumo, ni bebo, ni me drogo, algo que no pueden decir ni el diez por ciento de los ingleses.

Salí de la ducha y me sequé hasta los rincones más nimios. Aún así, me dejé la toalla puesta, anclada en la cintura,  a modo de falda escocesa, y tras mirarme en el espejo e intentar sacarme una espinilla que tenía en el carrillo derecho agarré el pomo de la puerta y al echar la vista hacia abajo, observé como un reguero de sangre, de forma muy lenta, se iba deslizando por el terrazo del suelo. Mi primer impulso fue gritar, pero no lo hice. Abrí la puerta lo más despacio que pude y acercando el ojo a la rendija que se iba creando, pude ver un imagen que me llevaré a la tumba. Solté el picaporte, y la puerta, por acción de la gravedad se abrió sola. Estaba paralizado, con los ojos clavados en el cuerpo de Steeve, que había sido degollado y que a modo de fuente, no paraba de segregar sangre, inundando la cama por completo. Tras la impresión inicial, me acerqué intentando tomarle el pulso, aunque en aquel trozo de carne, ya nada palpitaba. Al darme cuenta de que aquella era la primera vez que la muerte me tocaba tan de cerca, no pude reprimirme y lloré como un niño pequeño que no tiene consuelo.  Le quería con todas mis fuerzas y, en cierta manera,  me sentía culpable por haberlo arrastrado a aquel viaje en el que alguien le había asesinado ensañándose de una manera brutal. Sin recuperar el aliento, y con el sabor a salado de mis lágrimas atorándome la garganta, en una atmósfera que recordaba a la de un matadero, cogí el teléfono de encima de la mesilla y llamé a recepción intentando explicar lo que había sucedido.

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