Asesinato en el Luxor (II)

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Tras colgar el teléfono, y no sabiendo si me había explicado correctamente,  me di cuenta de que mis manos estaban ensangrentadas y de que la toalla había adquirido un cierto tono rosa, pareciéndose, en algún punto, a uno de esos cuadros abstractos y contemporáneos realizados con la técnica del salpicado de pincel – sirven únicamente para decorar casas en las que sus moradores adolecen a todas luces de un estilo refinado – .

Seguía totalmente aturdido por lo que mis ojos estaban viendo. Incapaz de saber si se trataba de una pesadilla o todo formaba parte de la pura realidad. Me senté en el butacón sobre el que reposaba la ropa que me había quitado antes de meterme a la ducha, estiré los pies y cerré los ojos en un intento de que toda aquella visión desapareciera cuando los volviera a abrir, aunque aquella escena cuanto menos caótica y sacada de una revista de decoración gótica no desaparecía de mi mente.

De repente algo me hizo abrir los ojos a toda prisa. Como un flash me vino a la cabeza la imagen de mi navaja de afeitar al lado del cuerpo de Steeve. La misma navaja de afeitar que había utilizado un día antes y que estaba perfectamente guardada en mi neceser en la segunda balda del baño…, aunque al parecer tenía patas y ella solita había salido de allí y se había encargado de cargarse a mi pareja. Como no estaba seguro de casi nada en ese momento, me levanté rápidamente y me volví a acercar a la cama, teniendo una comprobación positiva del paradero de mi rasura pelos. Allí estaba, abierta, ensangrentada sólo hasta el mango, con el ángulo abierto hacía el cuerpo sin vida.

Si he de decir la verdad, aquello me puso de mal humor. No sólo habían matado al que probablemente hubiera llegado a ser el amor de mi vida, sino que intentaban cargarme el mochuelo a mi. Dudé en varias ocasiones de si era conveniente coger la navaja y deshacerme de ella de alguna manera, aunque luego pensé que no tenía nada que esconder, que era estúpido pensar que si  me lo hubiera cargado no tenía mucho sentido que hubiera avisado a recepción diciendo que tenía un fiambre fresco allí, a mi lado. Así que intenté calmarme y no volver a pensar en todo aquello, aunque la duda me asaltaba de vez en cuando y más aún, el temor. No quería averiguar las “comodidades” y “bondades” de una cárcel egipcia. Seguro que era todo suciedad y no un lugar donde hacer buenas amistades precisamente.

Y no paraba de lamentarme por habernos embarcado en aquel viaje. Y no terminaba de fustigarme por haber sido tan tozudo con la señorita de la agencia en la que lo habíamos contratado. Me había repetido mil y una vez que el país era peligroso, que apenas viajaba gente ya por culpa de las revueltas islámicas y que no se hacía cargo de nuestra seguridad, porque, literalmente, era imposible controlar lo que iba  a suceder. Y aún así, debido a que soy tan incrédulo que pienso que nada malo puede pasar cuando no le haces daño a nadie, había hecho oídos sordos a  todas las recomendaciones y, para variar, me había salido con la mía.

Me pareció una eternidad lo que estaban tardando en subir. Igual habían avisado también a la policía, a pesar de que había pedido un poco de discreción para que el apellido familiar no se involucrara con un crimen, aunque tarde o temprano sucedería.  El nerviosismo era tal que parecía un perro inquieto que no paraba de dar vueltas por la estancia. Me sentía mareado, medio ido, con dolor de cabeza de tanto pensar, y por supuesto, extremadamente cuidadoso de no tocar nada más que alterara la escena del crimen – aunque cuando intenté reanimar a Steeve no reparé en nada y entré de lleno en cualquier pista que el asesino hubiese podido dejar, como un elefante en una cacharrería – .

De nuevo el corazón me dio un vuelco y volvieron a aparecer ideas oscuras en mi cabeza. Mis huellas estaban por todas partes, aunque también lo estaban antes de que le mataran, cosa que no me tranquilizó lo más mínimo ya que había dejado unas marcas, en el albornoz de Steeve, al comprobar si aún tenía una halo de vida, que bien se parecían a las de un forcejeo en toda regla.  Seguro que mediante algún programa informático – de esos de última generación que salen en las series policíacas- hacen casar mis manos con las marcas en la tela y se convierte en la prueba número uno para acusarme de asesinato en primer grado.

Todos aquellos pensamientos estaban haciendo que empalideciera. Sudores fríos, un ligero mareo parecido al que viene cuando te fumas tu primer cigarrillo, pulso acelerado, tic nervioso de rozamiento entre el dedo índice y anular…, eran signos de que mi cabeza estaba llegando al colapso.  La verdad es que siempre he sido tan tremendista que incluso, la más mínima posibilidad de que algo saliera mal, era valorada por mí como si fuera mucho más grande y la otorgaba una importancia desmesurada. Luego casi nunca pasaba nada, pero el mal rato que sufría era como un escudo que anteponía para minimizar el posible golpe.

Necesitaba con urgencia algo en lo que ocupar mi mente para no seguir con aquellas cabalas y con aquella visión que estaba inundando todo mi ser. Supongo que es normal que suceda esto cuando tu pareja yace enfrente tuyo, justo recién asesinada. No hubo tiempo para que mi cabeza volara hacia otro lugar ya que dos muchachos de recepción acababan de entrar en la habitación sin llamar; lo cual me pareció una enorme y descarada falta de respeto propia de gente incivilizada.

Y fue entrar y quedarse petrificados como me había quedado yo cuando salí del baño recién aseado y con el olor a rosa mosqueta que enseguida se difuminó gracias al ambiente cargante de la carnicería en la que se había convertido la cama.

Se miraron a los ojos con una expresión propia de esas películas en blanco y negro de los años cuarenta cuando va  a ocurrir algo interesante y de manera rápida. Farfullaron algo que me fue ininteligible con susurros que se elevaban de vez en cuando y que por lo tanto perdían esa denominación.  Paraban breves instantes, y se miraban fijamente a los ojos. Juraría que se ponían ojos, que se observaban embelesados, que había una mayor complicidad que la de unos simples compañeros de trabajo, aunque rápidamente comenzaron otra vez con las voces veladas, esta vez acompañadas de unos aspavientos y una subida general del tono que acabó en un silencio rotundo cuando se giraron hacia mí, y mientras el más joven, que tenía un ridículo y fino bigote negro, se abalanzó sobre mí sujetándome por la espalda, el otro, bastante más rollizo, me propinó un puñetazo en el ojo izquierdo que me dejó seco en aquel mismo momento. Caí a plomo y perdí el conocimiento. A decir verdad, nunca habría pensado que aquellos dos mequetrefes fueran capaces de pegar a una mosca – si hubieran estado cerca mis compañeros de universidad habrían hecho el chiste fácil metiendo a las mariquitas por el medio-.

3 thoughts on “Asesinato en el Luxor (II)

  1. Por el contenido de tu blog, por tu buen hacer y por tu dedicación, para que nos podamos dar a conocer entre nosotros y que cada vez seamos más los que compartimos las artes y las inquietudes que cada uno tenemos, te he nominado para uno de los premios que puedes ver en este enlace: http://plumayluz.wordpress.com/2014/09/26/agradeciendo-los-premios-mas-vale-tarde/
    Podrás elegir solo uno de ellos, el que más te agrade, y así poder continuar con la cadena de premios y de esta forma dar eco a lo que hacemos, siempre y cuando tengas tiempo, claro, o te apetezca hacerlo, por supuesto.
    Por lo tanto, ¡Felicidades! y ¡Enhorabuena!
    Un abrazo.

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