Ojos intensos

a mujer


La pajarita le apretaba sobremanera. Aún le parecía mentira haber podido aguantar con ella puesta toda la velada. Estaba casi seguro que si hubiera optado por una corbata habría acabado por esconderla en el bolsillo de la americana, con las consiguientes miradas acusadoras, por romper el protocolo, del resto de los invitados a la fiesta de presentación de su último libro de poemas.

Era como si se tuviera que esconder en su propia casa. Como si las normas, donde él mandaba, donde él tenía el control,  le fueran impuestas por su editor para crear una imagen de marketing que le ayudara a vender más libros. Poco importaba si lo escrito podía pasar a los anales literarios o ser mera basura con una bonita portada. Sólo se trataba de estar lo más arriba posible en las listas de los más vendidos.

Toda la noche le había parecido de lo más superficial. Toda, excepto el cruce de miradas y el coqueteo que había tenido con una de las camareras del catering, que para su gusto había pecado en exceso de tímida. Incluso, al finalizar el servicio, le había pedido un autógrafo. A él le habría gustado profundizar en la conversación, pero se sentía tan agobiado y estresado con toda aquella gente revoloteando a su alrededor, que le había sido imposible hacerla más caso.

Con el dedo pulgar y el índice se quitó el enganche de la pajarita y con un rápido movimiento la deslizó por el cuello de la camisa, dejándola tirada en el asiento que tenía al lado, de la limusina que le estaba llevando a su casa.

El conductor miró por el retrovisor hasta que hizo contacto con los ojos del escritor y esbozó una sonrisa al comprender su alivio. Luego pisó ligeramente el acelerador, aumentando progresivamente la velocidad, consciente de que su cliente quería llegar pronto a casa para relajarse. No era a primera vez que trabajaba para él.

Al pasar por delante de la parada del autobús, no muy lejos de donde comenzaba la línea 6, que unía el centro de la ciudad con el Palacio de Convenciones en el que se había celebrado la fiesta literaria, estaba sentada la misma camarera que tan pensativo le había dejado desde que había terminado el evento. Nunca había sentido nada parecido por alguien, tan sólo con una mirada profunda a los ojos.

Giró la cabeza para asegurarse de que era ella. Repitió el gesto un par de veces hasta que estuvo completamente seguro y con un chasquido de dedos ordenó al conductor que frenara.

Lo hizo bruscamente, casi de manera temeraria. Después echó el coche hacia atrás, dejándolo a la altura de la muchacha,  y el escritor abrió la puerta invitándola a entrar de forma sincera. Ella no dudó ni un solo segundo y aceptó enseguida.

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