Las aceras lloran su muerte

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El sol se estaba poniendo a su espalda.

Caruso sólo tenía una bala pero desconocía la dirección.

Creía conocer lo que ocurriría por los libros que había leído

aunque en su estómago se estaba creando la sensación del disgusto

que como pesada y rocosa losa le oprimía el diafragma

mientras notaba como el sol se escondía a su espalda.

Era de noche y las aceras lloraban su muerte.

Caruso había disparado y no conocía a quien yacía en el suelo.

Boca abajo y el silencio ensordecedor, acusador, con el reguero de sangre a un lado

y las sienes todavía palpitando como caja de música

con extraña melodía mortecina que invita a la locura

por un crimen que no puede borrar el mar, con su eterna ola,  en plena ciudad.

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