¡Sólo fue un beso!

atirar


Abría todos los cajones del armario de manera inconexa, rápida, muy acelerada, al tiempo que sacaba de forma desordenada un montón de camisas, camisetas y pantalones. Luego se dirigió a la mesilla de noche e hizo lo propio con los calzoncillos y calcetines. De la cómoda sacó  unos jerseys de punto gordo ideales para el invierno.

Suspiró y con los brazos en jarra observó la pila de ropa que había amontonado en el rincón derecho de la habitación. Pensó que estaría genial quemar toda aquella fibra textil, pero desistió de aquella locura que se le acababa de ocurrir. No quería que los bomberos se presentaran allí y la tomaran por loca. Sin embargo se dirigió hacia el butacón y arrimándolo a la puerta del armario,  se encaramó a la parte alta de este y cogió una vieja maleta de cuadros.

Empezó a meter la ropa hecha un ovillo, pero cuando comprendió que no la entraba toda, propinó un grito,  más propio de la desesperación que del hecho de tener una maleta con una panza prominente y que era incapaz de cerrarse. Se quedó parada, pensativa, y optó por la única solución.

Abrió la ventana y comenzó a llover ropa de forma profusa, mientras Piero, su marido, decía a  grito pelado desde la calle, en un italiano perfecto:

– Era solo un bacio pazzo! Voglio solo che tu!

Aquella aceptación de la infidelidad aún la enfureció más y acabó por hacer que incluso la maleta planeara desde el tercer piso teniendo un aterrizaje más que forzoso.

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