A buena hora

abuenahora


A través de la ventana se podía ver cómo la ventisca había empeorado. Llevaba varios días seguidos sin parar de nevar y Javier se divertía mirando la forma de los copos, siguiéndoles la pista hasta que se perdían entre la multitud, hasta que se fundían con sus hermanos, que habían dejado la calle blanca por completo.

Estaba absorto, con la mirada perdida, triste,  sin reparar en el ruido ensordecedor que hacían sus hijos a sus espaldas. Iñaki, por un lado, estaba voceando encima del sofá, haciendo caso omiso a las órdenes de su padre, que le había mandado ir a la bañera. Martina estaba en el pasillo,  con el micro del karaoke,  cantando una versión “original” ininteligible, de alguna canción del pop actual,  y haciendo un baile tan provocador para una niña de ocho años, que habría escandalizado ipso facto a cualquier persona con dos dedos de frente.

Javier volvió a mandar, con un hilo de voz, con poca contundencia, a sus hijos que le obedecieran, pero es probable que ni siquiera le oyeran porque uno, siguió con sus saltos y gritos,  y la otra,  no tenía ninguna intención de ponerse a hacer los deberes.

Hacía dos años que su mujer, de buenas a primeras, le había abandonado, y desde aquel desdichado 19 de abril, no había vuelto a saber nada de ella y tuvo que hacerse  cargo de todo aquello de lo que no se había ocupado nunca. Entre otras cosas, los hijos y la casa; aunque había días – como hoy – que no podía con todo y le encantaría tirar la toalla.

Alguna vecina chismosa insinuaba que le era infiel desde hacía mucho tiempo. Otros, que simplemente se había cansado de estar atada a una vida familiar y que había emprendido otro camino. Lo que estaba claro es que le había dejado muy tocado por dentro y que le costaba esbozar una sonrisa o estar alegre, permaneciendo con un nubarrón negro, encima de la cabeza, desde entonces.

De repente, un estruendo se unió al ruido infernal que hacían los muchachos. El teléfono comenzó a sonar de manera trepidante. Javier tuvo una sensación extraña cuando descolgó, como si un sexto sentido le estuviera advirtiendo de que no lo hiciera. Pero lo hizo y pronto se arrepintió.

Era Marta,  su mujer. La primera vez que hablaban en todo aquel tiempo, aunque para ser exactos, sólo hablaba ella, adornando sus palabras con un gimoteo incesante. Le pedía disculpas por lo que le había hecho, rogándole una segunda oportunidad.

Javier dudó durante unos segundos y pensó que no merecía nada de aquello, que lo había pasado tan mal que no se quería volver a  exponer al dolor. Colgó sin titubear. A buena hora volvía con aquellos cuentos después de todo lo que le había hecho sufrir.

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