Un hombre llamado Ramón Hernando

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Las tablas del suelo crujen con cada torpe paso. Un, dos, tres…, un, dos, tres… Si realizamos un plano de abajo a arriba, veremos en primer lugar unos zapatos lustrosos. Pasados de moda pero tremendamente impolutos. Un poco más arriba distinguiremos unos pantalones azul marino que le quedan muy grandes a su portador. La chaqueta es del mismo color, aunque ambas prendas no corresponden al mismo traje.  La lleva abierta de par en par dejando a la vista una camisa blanca con unas líneas color verde degradado que deja bien a las claras que no se ha confeccionado en este siglo. Incluso el blanco está pasado y de lejos se ve cómo amarillea. No lleva corbata, aunque ha optado por una pajarita que lleva desecha colgándole por los dos lados del cuello.

Tiene los brazos cruzados y los balancea de un lado a otro. Un, dos, tres…, izquierda; un, dos, tres…, derecha. Al reparar en la cara de hombre, podemos comprobar cómo las lágrimas se deslizan por detrás de las gafas y resbalan con proliferación por sus mejillas.  Si además de mirar, escuchamos, podremos comprobar como las notas de un viejo bolero salen de un polvoriento tocadiscos, inundando de melancolía el salón.

Se esfuerza pero tropieza cada dos por tres, aunque no baja su ritmo y continúa con su tarea.  Un, dos, tres…, un, dos, tres…, izquierda, derecha… Y las lágrimas siguen cayendo al suelo, y de vez en cuando están acompañadas de unos suspiros tan profundos que proceden del alma.

El hombre se llama Ramón Hernando. Ha trabajado desde que tiene memoria como cartero y desde hace cuatro años está jubilado.  Cuando terminó su vida laboral se apuntó a clases de baile porque tenía una espina clavada desde que contrajo matrimonio. El día de su boda no pudo bailar porque no tenía ni idea de cómo hacerlo, porque no quería quedar en ridículo, porque en aquella época aquello no se llevaba…, y le prometió a su Ana que algún día la devolvería aquel baile. Aquellas clases secretas habían dado algún resultado aunque a ciertas edades es difícil aprender ciertas cosas.

Ahora que tiene alguna noción, lo tiene que hacer sólo. Ahora que había vencido a la vergüenza, es demasiado tarde. Su mujer hace unas horas que ha fallecido y aquel bolero se difumina con el repiqueteo de los pies de Ramón y con la cuenta susurrada de los pasos para no perder el ritmo…, un, dos, tres…, derecha…, un, dos, tres, izquierda…

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