Sin fotografías en la estantería

aaasofa


En aquel tiempo no había horas: no

existía un sofá morado, casi lila.

Y el suelo de la casa estaba sucio,

la mente entretenida en otras pieles,

el corazón en letargo, como si

no quisiera fotos en los estantes

incapaz de encontrar compañía.

Tan pronto entraban, salían

por la misma puerta.

Da igual el comportamiento

o que hicieran un desayuno continental,

dan igual unos abrazos que no sentían,

que no provocaban nada, sólo oscuridad,

dan igual mil manos que no nos hacían alcanzar la locura.

No eran tus dedos: aquellos cuerpos no

eran nuestra casa.

Y con el alba aparecía la pena,

las explicaciones absurdas, las mentiras

que no llevaban a nada y, a la vez

lo eran todo,

los ya te llamaré

que se convertían en silencio perpetuo,

en una excusa que ni siquiera removía por dentro.

Duchas frías y soledad.

De vez en cuando otra equivocación

y más lamentos que despuntan con el sol,

que marcan la pena que corría como un tranvía sin dirección.

Y de repente tu cuerpo: que borró todas las

huellas del barro de mi vida, que empezó a compartir

su sofá morado, casi lila.

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